Archivo de la categoría: La vida y tal

¡Pringao! (en bici)

Esta mañana subía una avenida de Zaragoza, por un vía ciclista de doble sentido. Entre la cuesta y el rato que llevaba en bici, iba sudando y no muy rápido.

A mi derecha, por un carril de la calzada, en sentido contrario al mío, pasa un tipo en una bici de montaña y su mochila a la espalda. Al pasar a toda velocidad a mi lado, me suelta: “¡Pringao!”.

Mientras sigo pedaleando me pongo pensar… “¿Pringao? Salvo que él iba a toda velocidad cuesta abajo, por lo demás, creo que le saco ventaja. Llevo rueda estrecha de carretera que es más ligera de mover que las anchas de tacos de su bici. Mi mochila va en la cesta de atrás y mi espalda va libre de peso…  ¡Má! a ver si es por que él iba por la calzada general de doble carril, con coches a más de 50km/h y yo no, porque paso de ir a toda leche entre coches teniendo un sitio más tranquilo para circular y con apenas cruces peligrosos por ser un barrio moderno en las afueras de la ciudad…”

En ese momento lo he visto claro. Tenía razón el tipo. Soy un pringao que tiene que ir en bici a currar (y que dure) para poder vivir. En cambio, él tiene la vida resuelta, no tiene que trabajar para vivir y se iba al gimnasio a pasar la mañana en su bici molona.

Reflexión final: “La de cosas que me da tiempo a pensar cuando voy en bicicleta”


Nace una nueva asociación

Replico lo que publicó David en su blog La Bicicleta Rural.

Desde hace unos días se ha creado una asociación de bicicletas clásicas y antiguas, los socios fundadores somos los mismos que hemos estado en la organización de los encuentros de Zaragoza.

La asociación va a ser una herramienta para poder organizar eventos y actividades entorno a las bicicletas clásicas y antiguas.

Ya iremos informando, si alguien desea más información puede ponerse en contacto con David o conmigo.


Cuando no llegas a todo, tienes que dejar algo

Paso por aquí, no a quitar las telarañas y retomarlo. Más bien a contaros que está parado. Por si no os habéis dado cuenta (sonrisa).

Ya no puedo ir a trabajar en bici por haber cambiado de curro. Esto y otras circunstancias varias han reducido el tiempo que puedo dedicarle al blog y redes sociales.

Veo, como sigue habiendo visitas casi a diario, algún que otro día, más que cuando estaba en marcha. Eso me da un poquico de pena, pues saber que alguien le echa un vistazo de vez en cuando, me animaría a seguir escribiendo. Pero cuando no se llega a todo, hay algo que se queda atrás.

Ha sido una experiencia enriquecedora y en cuento pueda la retomaré, aunque de momento no sé cuando.

Hasta pronto.


Asumir riesgos propios o ajenos

Los que solemos desplazarnos en bicicleta, solemos decir que nuestro cuerpo es nuestra carrocería. Rondando los 30 años empecé a tener un cierto respeto por cuidar de él.

El golpe

El trompazo que me dí pudo ser muy duro. Tuve suerte de caer en una pista de tierra bien arreglada y no tener cerca un árbol o piedra con el que chocar. Lo peor sólo fue un fuerte latigazo en la espalda al impactar con el suelo.

Era una bajada rápida, calculo que iba a más de 40 km/h –diría que 50–. La rueda delantera iba pinchada y yo tuve la feliz idea de soltar una mano para colocar el guardabarros que iba rozando con la cubierta justo en el momento del coger un bache. La combinación fue perfecta para perder el control. La dirección se cruzó y salí por encima del manillar al tiempo que giraba sobre mí mismo, y la bici conmigo. En ese momento aceptaba que me la iba a pegar y traté de amortiguar el golpe como pude.

Después de golpearme las rodillas con el manillar, llegué con las manos al suelo quemándome las palmas con la tierra. Terminamos aterrizando de espaldas –la bici con la parrilla y la rueda trasera–.

Ya en el suelo, recuerdo que me chequeé y pensé: “¡Qué suerte!, no me he golpeado la cabeza”. La espalda me ardía de tal manera que no sentía dolor ni en las rodillas ni en las manos que se llevaron las heridas más fuertes. Respiraba con dolor pero no parecía que tuviera nada roto. Cuando me levanté llegó un compañero que me señaló el casco totalmente rajado por detrás. Por eso no había sentido el golpe en la cabeza. Las heridas de manos y rodillas tardaron un par de semanas en cicatrizar; la espalda y costillas un par de meses en recuperar la movilidad sin muchos dolores. Desde entonces ya no duermo muy bien sobre el suelo.

casco rajadoAsumir riesgos ajenos

Ahora suelo asumir mis propios riesgos y tengo un límite que intento no sobrepasar. Y desde luego no lo hago por buscar emoción. No sé si será la edad, las vivencias o ambas. En cuento a los ajenos, no los equiparo a los propios, para mí son inasumibles. Lamento las veces en las que he puesto en riesgo a alguien, y cuando lo he hecho, tengo claro que no ha sido mi intención, al menos, consciente. Sigo trabajando para que no vuelva a ocurrir, aunque sé que no se puede decir un “nunca más”.

El problema viene cuando hay personas que sintiéndose protegidos por la chapa de sus vehículos, se exponen y nos exponen, a situaciones, circulando, en las que la piel de los demás se equipara a la chapa. Situaciones que no tengo claro que aceptaran, circulando en bici. Al menos esa es mi sensación cuando pasan a escasos centímetros de mí.

En la última, cuando llegué al semáforo detrás de él y le dije que no puede pasar tan cerca y jugar con mi vida, me contestó pausadamente: “Tranquilo, tenía todo controlado…”. Me dejó sin palabras, me adelanté a su vehículo y levanté la mano, negando con la cabeza, en señal de impotencia.

Editado: Todo esto se puede extrapolar a cualquier situación de la vida. Y no veáis como me indigna pensar en los políticos y los riesgos que corren “por nosotros”.


He perdido una chaqueta

Sí, parece un anuncio de “Se busca”.

Hoy al mediodía hacía calor y he puesto la chaqueta amarrada a la cesta de la bici. Cuando he llegado a casa, la goma que la sujetaba estaba suelta y la chaqueta ya no se encontraba allí.

En ese momento me ha invadido un sentimiento de tristeza por la pérdida. He subido a casa, he comido en diez minutos y me he montado en la bici dispuesto a deshacer el camino pedaleando.

He intentado no darme muchos ánimos de encontrarla. Un ratico a pie y otro pedaleando he recorrido la ruta de vuelta al curro. He revisado todo alrededor por si estuviera debajo de algún coche aparcado o alguien la hubiera dejado en algún sitio cerca de la calzada.

Llegando a mi destino, albergaba la esperanza de que alguien conocido la hubiera visto caer y la hubiera guardado. Pero mientras ataba la bicicleta he reconducido la energía triste que me provoca el extravío por un pensamiento: “Ojalá que la haya encontrado alguien que le dé buen uso; que aproveche su práctico gorro que al cerrar la cremallera de la chaqueta se ajustaba a la cara protegiéndote la garganta del fresco mañanero.”

De verdad que me ha fastidiado, pero me alegraría saber que siga siendo útil a otra persona. Aunque a mí me haya dejado un poquico triste.


Cambiar de bici para vivir más despacio

Estos últimos días estoy pensando en cambiar de bicicleta para mis desplazamientos por ciudad.
bici verde al Sol
Ahora llevo la Orbea Bakio –la bici verde maczana–. Tiene 3 marchas y un buen freno contrapedal que me permite ir al ritmo de los coches y subir las cuestas cómodamente.

Con ella suelo salir con el tiempo justo, pues me lleva rapidico de un sitio a otro. Esto me ha costado alguna que otra sobrecarga muscular. Son como un aviso: “¡Mañooo!, hay que tomarse la vida con más calma.”

Hace unas semanas terminé de equipar la Flying Pigeon con un freno contrapedal. Los frenos originales de varilla no son muy eficientes para el tráfico de ciudad. Sólo lleva un piñón y la posición de pedaleo es erguida como una bicicleta de paseo. Para subir las cuestas hay que levantarse del sillín y cuando se trata de velocidad, no desarrolla mucha.
Flying Pigeon 2011
Las características de la Flying hacen que tenga que salir antes para llegar a tiempo a mi destino, y por ende, el camino lo recorro más pausadamente. No me esfuerzo en un ritmo alto para llegar a tiempo a los semáforos verdes. La pedalada no me da y no cuento con un buen freno delantero para un frenazo fuerte. Necesitas anticipar los movimientos de vehículos y peatones que se encuentran en tu recorrido con más antelación. Te hace ir con más tranquilidad, más despacio. Te puedes fijar más en tu entorno. La vida pasa más despacio a tu lado.


II ENCUENTRO DE BICICLETAS ANTIGUAS Y CLÁSICAS. Zaragoza, sábado 30 de abril

Por segundo año va a tener lugar el Encuentro de Bicicletas Antiguas y Clásicas de Zaragoza (Aragón-España).

Lugar: Parque Grande (en la entrada por el Paseo de Isabel la Católica)

Hora: a las 10’30h. de la mañana

Para más información visita el blog del Encuentro:

http://encuentrodezaragozadebicicletas.blogspot.com/


La vida nos atropella

Hacer planes es una de mis costumbres.

Pero ahí está la vida para decirnos que no podemos tenerlo todo preparado. Nos esforzamos en unos objetivos y acabamos obteniendo frutos muy diferentes a los pretendidos.

cambio indefinido Estamos en un río y nadar contra corriente es muy duro. A veces es mejor dejarse llevar e ir modificando nuestro rumbo poco a poco.

Solemos darnos muchas tortas por empeñarnos en ir hacia un sitio. Ciegos a otros posibles caminos que nos pueden llevar a lograr nuestro sueño.

En esas estamos cuando viene la vida y nos pasa por encima, nos desborda. En unas ocasiones para despertar a la dura realidad, en otras, para darnos el impulso necesario para salir del atolladero.

La vida nos atropella sí o sí. No nos da mucho margen. Sólo nos queda incluir en nuestra planificación este componente y estar preparados y dispuestos a que todo cambie a nuestro alrededor.

Deberíamos aprenderlo desde pequeños. La vida suele dar oportunidades y sería positivo que alguien nos enseñara a asimilar desde los pequeños cambios de cada día, hasta los más grandes y definitivos. Normalmente nos quedamos en los primeras lecciones y luego vamos aprendiendo, o no, a trompicones.


Señora, déjenos pecar un poco

Paseando por el parque, fui testigo de una escena que me hizo sonreír.

Un grupo de adolescentes estaba en un banco fumando y bebiendo, tranquilamente. Una mujer que los ve, se acerca a decirles que no está nada bien lo que hacen. Y la contestación de uno de ellos no pudo ser más clara y rotunda:

“Señora, si todos somos pecadores. Déjenos pecar un poco.”

Quizás sólo quería que les dejara en paz, y además con gracia. Quizás no pensó en la trascendencia de la frase, o quizá sí. Vive y deja vivir.


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