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Cambiar de bici para vivir más despacio

Estos últimos días estoy pensando en cambiar de bicicleta para mis desplazamientos por ciudad.
bici verde al Sol
Ahora llevo la Orbea Bakio –la bici verde maczana–. Tiene 3 marchas y un buen freno contrapedal que me permite ir al ritmo de los coches y subir las cuestas cómodamente.

Con ella suelo salir con el tiempo justo, pues me lleva rapidico de un sitio a otro. Esto me ha costado alguna que otra sobrecarga muscular. Son como un aviso: “¡Mañooo!, hay que tomarse la vida con más calma.”

Hace unas semanas terminé de equipar la Flying Pigeon con un freno contrapedal. Los frenos originales de varilla no son muy eficientes para el tráfico de ciudad. Sólo lleva un piñón y la posición de pedaleo es erguida como una bicicleta de paseo. Para subir las cuestas hay que levantarse del sillín y cuando se trata de velocidad, no desarrolla mucha.
Flying Pigeon 2011
Las características de la Flying hacen que tenga que salir antes para llegar a tiempo a mi destino, y por ende, el camino lo recorro más pausadamente. No me esfuerzo en un ritmo alto para llegar a tiempo a los semáforos verdes. La pedalada no me da y no cuento con un buen freno delantero para un frenazo fuerte. Necesitas anticipar los movimientos de vehículos y peatones que se encuentran en tu recorrido con más antelación. Te hace ir con más tranquilidad, más despacio. Te puedes fijar más en tu entorno. La vida pasa más despacio a tu lado.


El coche no es el primero

En Zaragoza (Aragón), se pretende cambiar una máxima de años. El coche consciente e inconscientemente ocupa la cima de la pirámide de la movilidad.

Se está instalando la primera línea del nuevo tranvía –en su tiempo, hubo y se eliminó–. Se ha apostado fuerte por la preferencia peatonal, por los desplazamientos en bicicleta y por el transporte público colectivo.

Pero hay algo muy arraigado en el acerbo social: la PREFERENCIA DEL COCHE frente al resto. Somos permisivos con el que va más rápido de lo establecido; toleramos que se apure al cruzar los semáforos que acaban de ponerse en rojo; paramos ante un paso de peatones si un vehículo se aproxima a él, cuando aún tiene tiempo para detenerse y ceder el paso; ocupamos el espacio público para el uso privado de estacionar un coche –los aparcamientos de barrio son un espejismo que casi nadie recuerda–.

Hace unos días ha llegado un chico nuevo a las calles, el tranvía. Y con él no hay estatus que valga. Una persona que no respeta la señalización en la ruta del tranvía, corre un alto riesgo de provocar un accidente.

Hasta ahora, a los demás les daba tiempo de frenar para evitar el golpe en muchas ocasiones; los peatones no se la jugaban en un paso de cebra ante un motor rugiendo cerca; las bicicletas, decían, las llevaban cuatro greñas come flores –hoy son de uso generalizado–.

No son buenos tiempos para muchos. Y la dependencia del automóvil es algo que se me hace difícil de solucionar. A mi entender, depende de un cambio de modelo social y económico que se me escapa y pocos le meten mano.


La vida nos atropella

Hacer planes es una de mis costumbres.

Pero ahí está la vida para decirnos que no podemos tenerlo todo preparado. Nos esforzamos en unos objetivos y acabamos obteniendo frutos muy diferentes a los pretendidos.

cambio indefinido Estamos en un río y nadar contra corriente es muy duro. A veces es mejor dejarse llevar e ir modificando nuestro rumbo poco a poco.

Solemos darnos muchas tortas por empeñarnos en ir hacia un sitio. Ciegos a otros posibles caminos que nos pueden llevar a lograr nuestro sueño.

En esas estamos cuando viene la vida y nos pasa por encima, nos desborda. En unas ocasiones para despertar a la dura realidad, en otras, para darnos el impulso necesario para salir del atolladero.

La vida nos atropella sí o sí. No nos da mucho margen. Sólo nos queda incluir en nuestra planificación este componente y estar preparados y dispuestos a que todo cambie a nuestro alrededor.

Deberíamos aprenderlo desde pequeños. La vida suele dar oportunidades y sería positivo que alguien nos enseñara a asimilar desde los pequeños cambios de cada día, hasta los más grandes y definitivos. Normalmente nos quedamos en los primeras lecciones y luego vamos aprendiendo, o no, a trompicones.


Señora, déjenos pecar un poco

Paseando por el parque, fui testigo de una escena que me hizo sonreír.

Un grupo de adolescentes estaba en un banco fumando y bebiendo, tranquilamente. Una mujer que los ve, se acerca a decirles que no está nada bien lo que hacen. Y la contestación de uno de ellos no pudo ser más clara y rotunda:

“Señora, si todos somos pecadores. Déjenos pecar un poco.”

Quizás sólo quería que les dejara en paz, y además con gracia. Quizás no pensó en la trascendencia de la frase, o quizá sí. Vive y deja vivir.


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